sábado, 19 de octubre de 2013

Carne y árbol / Juan José Manauta

Los poemas aquí incluídos pertenecen al subtítulo Carne y árbol del libro La mujer de silencio de Juan José Manauta. El libro fue publicado en 1944, y se indica que los poemas fueron escritos entre 1940 y 1943.
El paisaje y el hombre

Todo sube en la quietud levemente azulada
de esta infinita mujer de tala y sauce,
esta mujer de aquí,
asomada al cielo caído en el río
como un flor de luz.
La vida tenue se escapa,
casi transparente, por las chimeneas de las casitas, loma arriba.
¿Qué será esto inclinado al paisaje
mirador de lo verde y lo lejano?

Son tan tiernos el pájaro y la nube
que en un momento parecen escucharse y comprenderse,
y la vaca, como un árbol más del campo,
apenas vuelve sus ojos, comprendiendo.

Pienso en el hombre que tiene su raíz en esta tierra,
que alimenta su mirada hacia las lomas rojizas
y así, con sus pies nacidos en lo hondo de la hierba,
ha tenido que ponerle ruedas a su rancho.
Mientras, el campo sigue bajando hacia el atardecer
y la brisa pasa como blando cuchillo,
cortándoles el olor a los retoños.
En cada hoja ondea un oculto deseo
de abrazar la tierra y morir
para nacer nuevo
y seguir siendo joven, húmeda y brillante.

¡No, no! No tiene dueños la tierra verdadera:
el chisperío rojo del seibo ¿para quién florece?
O su hermano gemelo el cardenal
¿quién le ordena su canto?...

El río sigue llevando la tarde
y desata poco a poco su cinta roja
entre los juncos amorosos.

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La hora dulce

La calle crece silenciosa en la hora dulce.
Las pobres casas gastadas y anchas de la tarde
entibian nuestro paseo, amigo.
El pueblo va quedando hundido en el otoño a nuestra espalda
y ahora, los ranchos, se aferran a su última pobreza.
Restos de vida estallan en gritos de mujeres
llamando a sus criaturas, llamando su esperanza
-la conozco. En el linde nostálgico de la soledad.
El paisaje, torna a una virilidad adusta, sobria
y el alma de las gentes en un lento territorio
de sombra creciente cubierto de recuerdos como flores dominadas.
¡Oh, amigo! ya estamos en la cercana anunciación de la estrella;
mira los cercos que acribillan perros miserables y desconocidos.
Ya vamos sintiendo la fácil tristeza de los niños humildes,
tristeza de tierra pegada a la carne
como la muerte descolgada de las hojas caídas.
Amigo, es la hora dulce y desdichada del pueblo,
su límite de amor –apenas cubierto de otoño-.
hora de la canción recogida
y el pulso descuidado
o el olvido
en las últimas bocacalles,
hora del campo recién nacido y tan pobre,
hora de la guitarra pulsada en lo oscuro.
Un viento súbito puede arrancar ahora a las puertas voces de abandono
-algunos se han ido dándole paso al hambre,
Es la hora dulce,
y las mujeres tienen desalentada prisa en parir sus hijos
para llevárselos con el terror en las manos.
Amigo ¿Qué más?
El camino de los carros está silencioso.
La tarde ya ha caído de espaldas en el fango.

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La casa del pez

El río ha bajado hasta la casa del pez,
en la barranca.
El paisaje desciende humilde y pálido,
enhebrado, en la primavera no lejana.
Hemos mirado los ranchos color tierra,
ranchos nacidos, perdidos en la luz y los sauces.
Los peces se han ido y alguien ha venido anunciando
la pobreza de aquí, que nos pertenece
y que no habíamos olvidado por ser nuestra.

¿Qué quieren decir todas esas palabras inventadas:
lo interminable y lo lejano?
¡Ah! no han visto la vida
los que hablan de las cosas dolientes e invertebradas.
Yo llamo a los peces ausentes
porque ahora su casa es mía
y puedo sentirme pobre como el río y el seibo.
¿De qué hablan esos? ¿De qué ciudades?
¿Han visto el dolor, crecer, vivir, escondido?

Ah, sí, es necesario buscarlo de tan claro y profundo,
de tan cotidiano y real, es necesario buscarlo
y no cantarlo –sería injusto-,
morderlo, arañarlo, cuando el río baja hasta la casa de los peces.

Mi casa, mi casa, dirían ahora
cuando vengan las estrellas a llevárselos,
cuando vengan a romper el agua,
mi casa, que estaba en el río y marchaba con él.

No puedo creer que hayáis olvidado los niños,
los niños de las manos llenas de sueños,
vosotros que queréis emparejar la tierra,
despojando a los hombres del corazón y de sus casas,
y fabricar árboles a la medida de vuestras palabras.
Poetas, poetas, venid, mirad,
oid correr la sangre, tocad sólo una hoja
y entonces tratad de decir algo.
-¿Creéis que los barcos no marchan arriba de los peces?-

Buscad los amigos de la ribera,
los colores que van cambiando, tímidamente, con la tarde,
y esa luz amarilla que huye hacia arriba,
marinera en el aire, llana, alargada
y nada será igual a vuestras antiguas frases

tan impresas en ediciones y revistas,
Jóvenes,
los peces han dejado sus casas.
¿Qué pensáis de esto?
¿Y si los peces hubieran abandonado el mundo,
qué os importaría esto?
Ya habéis escrito vuestra poesía.

(Podré perdonarme estas palabras, no olvidándolas nunca, sólo así?

Este pueblo que se achata y desparrama hacia la ribera,
más pobre y más pobre,
cada vez más bajo y más cercano,
y que la tarde se vuelva en la corriente,
termina,
en esta desierta casa de peces,
cuando el río ha bajado.
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Kandinsky, Blue (1922)
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Calle de la elegía pobre

Las nubes miradoras de la tarde dorada, están recordando al parecer.
Desde la niñez las encuentro así, en primavera,
sobre la calle y la elegía.
Los cercos también han retornado –retornan siempre-
al pequeño florecer, al humilde florecer.
Se pueden escuchar esta tarde de nuevo,
las jóvenes risas
y las muchachas vestidas como la primavera.

El cuerpo de esta calle es vegetal y ensimismado,
pobre, cuando va llegando a hundirse en el río.
(El río está al lado del corazón de las calles).
Un breve viento mezcla fácilmente los olores
y entonces, vienen los patios regados,
los pequeños ruidos femeninos, el mate en la puerta
y la falda clara, floreada, los vehículos lejanos.
¿Esta es una calle perdida?
¡Ah no! que la pobreza ahora está en todas partes
como la primavera de los huertos.
La gente de aquí no conoce ni vendedores ni carruajes ahora.
Un perro vagabundo y la próxima estrella,
nos hablan de una legítima riqueza, que pisando la pequeña hierba,
ha penetrado por débiles puertas de alambre,
instalándose, en antiguos roperos desvencijados.
Además, ya las campanas
andan rondando en lentos círculos de amor.
Calle de la elegía pobre.
¿Nadie ha pensado seriamente en ella?
Sin embargo, aquí ha nacido y va a morir la tarde,
y el pueblo no olvidará que tiene sus atardeceres que vivir,
no olvidará tampoco sus vagabundos
ni sus primaveras.
Nada olvidará el pueblo
que escapa por aquí sus dulces iras, sus sagrados dolores
en caravanas de florecillas y de briznas.
Por aquí, por donde se sueltan los pensamientos jóvenes
durante las tardes en que la luz se perfecciona.

El río inventa mil colores y se envejece seriamente.

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La mañana

Sube, aprendiendo a nacer en la duda de los colores,
la secreta mañana, como una esperanza.
Esta cándida hoguera que parece ser mía y sólo mía,
allí donde mi soledad se ha hecho don de pies a cabeza,
allí, en el centro de su infinita transparencia,
va siendo de todos por este consagrado amor
en la mañana de primavera.
Las luces, que florecen de fiesta,
se van orquestando en grandes circuitos
de colores suaves, dolientes, provincianos.

El ángel ha venido a anunciarnos la soledad.

La soledad, la soledad; cada cuál tendrá la suya:
su llama y su llanto propios;
su llama y su llanto abanderados;
su llama y su llanto desprovistos.
Las ojos verán mañanas y mañanas
más allá y más acá de lo verde y lo dorado,
de la fábula y el dolor, de los nacimientos y las sombras.
Ahora la música es algo adivinado.
Aconteciendo muy cerca del corazón,
se desata espontánea y altiva,
y en medio de su libertad, anuncia
que no morirá en el corazón de los hombres.
Esta mañana logra así decirnos algo nuevo
y seguramente cercano a nuestros ojos:
el diálogo del terrón y la hoja; de la pobreza y lo olvidado.

(Eso es lo importante, lo igual, lo solidario).

¡Oh cabellera de hermandades en esta mañana de colores y dudas!

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Kandinsky, Intime Message (1942)

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