sábado, 4 de mayo de 2013

Salmo del Hambre / Guillermo Saraví


SALMO DEL HAMBRE
(Laureado en Paraná, el año mil
novecientos veintiuno)


PROEMIO

Soñé este salmo con las pupilas volcadas hacia adentro, en una encrucijada tenebrosa de hastío, de pesimismo y de muerte.
Lo oí de los labios de un peregrino que pasaba, d una sombra, de un fantasma que pude ser yo mismo en medio de la noche. Yo recogí el acento del visionario imposible y lo traduje para los poderosos del mundo y para los miserables; para los ungidos en gracia de providenciales designios y para los eternos caídos, vacilantes soldados del último cuadro de la vida expirando en la hecatombe ulterior; para los que no aman, para los que no sueñan, para los que no sufren, y para los que saben que la felicidad es una vana palabra, que el supremo objeto de la vida no radica en copiosas digestiones ni en señoriales sobremesas… Sí; para todos lo traduje, pero más que nada, para el hijo de sus lágrimas, para el apadrinado por su propio cilicio, para los malos, para los tristes, para los enfermos, para los suicidas, para los poetas hambrientos –hermanos en noche póstuma- que, a pesar de todas las adversidades, contra el sentido común, tienen el
sublime sentido de creer en Don Quijote, en el porvenir, en la gloria y en la luna.



Salmo del Hambre

Tal vez nadie supo de aquel vagabundo
ni de aquel su canto solemne y profundo
que oyó de la noche la gran soledad.
Blasfemia de angustia, dolor y fracaso,
que debe haber sido como un latigazo
sobre el rostro mismo de la humanidad.


Hambre, reina triste del desamparado,
cómplice del mundo perverso y malvado,
hazme la limosna de tu bendición.
Hermana del crimen y de la locura,
clausura  mi llanto, mi vida clausura,
clávame las uñas en el corazón!

Piedra milagrosa del mal y la histeria,
filtro de amargura que da la miseria,
depárame un negro sudario glacial;
azota inclemente mi altiva bohemia
que aún se incorpora con una blasfemia
maldiciendo el oro, cantando el Ideal!


Ven, inexorable, ven con tu mortaja
cuando haya concluido la postrer migaja
de mi amargo y duro pedazo de pan;
que yo seré dócil, que yo seré bueno,
resignado y manso como un nazareno
para los suplicios que en ti se me dan.

Hambre de los locos y los visionarios
que vas a las horcas como a los calvarios,
que buscas la hoguera, que pides la cruz,
que acechan los torvos designios arteros
contando con Judas los treinta dineros
que vale la vida del pobre Jesús…

Hambre reservada como recompensa
para los que claman, con nobleza inmensa,
un credo más alto que el credo vulgar;
para los que alientan fuertes rebeldías
y arman las quimeras y las utopías
que las muchedumbres no pueden amar…

Hambre que deliras hasta la neurosis
con los sacrificios y las apoteosis,
siempre atormentada de posteridad,
y que cuando el bronce te recoge y nombra
prolongas tu grito y alargas tu sombra
en el vientre negro de la Eternidad…

Hambre que cincelas rimas harmoniosas
y amas las estrellas, los lagos, las rosas,
siendo un poco enferma, pálida y febril;
que cuando el invierno con el mal se aúna,
pones los dolientes ojos en la luna
buscando tu eterna prisión de marfil…

Hambre que divagas por los bulevares
soñando distantes limbos estelares,
llena de contagios y de castidad,
o que alucinada por dichas inciertas
duermes en el quicio de todas las puertas
con un gesto lleno de suma piedad…

Hambre, tú que sigues fatal, inflexible,
a los caballeros del Santo Imposible
en su ardua cruzada de ensueño y dolor,
eres quien, al menos, está todavía
de parte del que ama la eterna utopía
siendo fiel y asidua para el soñador.

De este malhadado siglo mercenarios
la historia se escribe sobre un talonario,
la fe se predica desde un mostrador;
ya en el sacro templo no se oye otro coro
que el de la canalla pidiendo más oro,
solamente a cambio de menos honor!

Sálvanos ¡ oh ! madre, lírica señora…
Ya no hay esperanza de una nueva aurora,
reina en este mundo la recua sensual.
Tíendenos la mano frente al gran abismo:
¡la gloria es apenas un vago espejismo
y un verso a la luna, no más, el Ideal!

Hambre, reina triste del desamparado,
cómplice del mundo perverso y malvado
que presides nuestra gloriosa ascensión,
hermana del crimen y de la locura,
nuestro ardiente lloro por siempre clausura,
clávanos las uñas en el corazón!

                                   __________________

Después, la tiniebla macabra y helada,
oyó el eco de una feroz carcajada
vibrando en el seno de la inmensidad;
y así acabó el salmo de angustia y fracaso
que azotó las sombras como un latigazo
sin herir el alma de la humanidad.



en Hierro, Seda y Cristal, Librería de Juan Roldán y Cia. Buenos Aires:1925

Ilustración: El hambre en Madrid, de José Aaparicio Inglada (c. 1818)

1 comentario:

  1. Un tema que debiera sensibilizar al más taimado porque está latente en todos los rincones del mundo y que este gran poeta que fuera GUILLERMO SARAVÍ, ha sabido interpretar en un poema perfecto. Creo que toca a los corazones más insencibles

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